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domingo, noviembre 27, 2022

Belén Zavallo: «La literatura no repara el daño pero hace justicia desde otro lugar»

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Foto: Hernan Saravia Con un lenguaje que indaga en las fibras más íntimas y contradictorias de la maternidad, Belén Zavallo construye en «Aspas» una obra que, desde la sutileza del lenguaje poético, deviene en una novela familiar «triturada en versos», como define la autora, quien asegura que la poesía es el género que más la comprende para expresar la incertidumbre que le ha provocado ser madre. «Es un escarbar y quedarte con el pellejo ajeno en tus uñas: nada es tuyo», define.Esa vivencia de maternidad, que la autora experimentó en dos etapas muy diferentes de su vida, la llevaron a realizar con esta obra un recorrido por los complejos vínculos familiares; por la infancia, muchas veces perturbada, y la dolorosa experiencia de una hija que sufrió abuso extrafamiliar, situación que reflejó en su novela «Las armas».»En los poemas el rastro de ese dolor aparece, el cuerpo en la bañera sostenido por el enjambre de avispas, la gilette, todo lo que hiere y vuelve a aparecer. Todo lo que madre e hija solas van recuperando como capas de una piel que se regenera, aunque no pierda las marcas, están en los poemas. Creo que hay una decisión estética y política: si hacemos de cuenta que ‘eso’ o que ‘ese tema’ no aparecen porque ‘ya pasaron’, se pierde una de las potencias que tiene la literatura, que no es reparar el daño solamente, es hacer justicia con las palabras desde otro lugar», explica Zavallo. Foto: Hernan Saravia Entrerriana y autora de los libros de poesía «Todos tenemos un jardín», «Dos poemas» y «Lengua montaraz», reivindica la presencia de la naturaleza en su obra como recurso que es espejo de sentimientos y circunstancias poéticas. «Para mí escribir dejando que se meta el monte, es la forma más honesta que asume mi voz», asegura a Télam, al dialogar sobre este libro publicado por Híbrida Editora.- Télam: ¿A raíz de qué surge este libro en el que aparece la maternidad como disparador de situaciones familiares presentes y pasadas?- Belén Zavallo: Hay un verso de Cadenas, el poeta que acaba de ser premiado con el Cervantes, que dice «Una mujer nace sin cesar». Yo creo que la maternidad, y en mi caso Aspas coincide con el nacimiento de Francisca en 2020, diecinueve años después del primer parto de mi hija mayor, y cuando me vi alumbrada por esa nueva vida, y en la fragilidad de la juventud con la otra, ese verso que menciono cobró una resignificación en mi lengua. «Aspas» fue escrito hace dos años, por eso pienso la poesía como una extensión vital y orgánica, que muta y el lenguaje va tratando de decirnos y decirme lo que estoy tratando de asimilar. Escribir para mí es una búsqueda y el poema es un hallazgo. No había un libro hasta que Sergio Criscolo, el editor de Híbrida me lo pidió. Yo tenía poemas que iban escribiéndose, algunos en el Mundial de Escritura, otros en taller con Horacio Fiebelkorn y otros con Marina Mariasch, que también después fue mi editora además de maestra. Entonces ese hilván invisible es del que puedo hablar hoy desentramando el libro, pero antes lo que hubo fue una lengua naciendo sin cesar: en la lengua nueva de la hija y en la mirada hacia la infancia de la voz poética. Ahí aparece la novela familiar, triturada en versos, en imágenes, con ese molino girando y sus aspas a veces quietas y otras más filosas.- T:¿Cómo concebís la maternidad que abre interrogantes profundos sobre el sentido de la vida, y sobre ese rol desde el dolor y del disfrute?- B.Z: Para mí la maternidad es un eje en la escritura y me lleva siempre a repensar los modos en que se supone que debe estancarnos, y lucho con el lenguaje por quitarle esos rótulos y por fuera de la escritura, en los modos de vincularme. Hay algo muy paradójico que tiene que ver con fechas y es que ambas hijas hubiesen nacido en mi cumpleaños, aunque difieren por unos días, pero de la primera fui una madre tan joven que me hice mujer ya habiéndola parido. Y esa experiencia es muy fuerte, tanto que solo se atraviesa en silencio. Con la segunda, ya en estado de escritura, pude decir todo sobre lo callado. Pero nada con certeza. Por eso la poesía es lo que más me comprende: no hay más que incertidumbre, destello de verdades, vislumbramiento de respuestas. Y en la maternidad, es lo mismo, es un escarbar y quedarte con el pellejo ajeno en tus uñas: nada es tuyo.- T: La obra escrita en poesía puede leerse como una novela, ya que cuenta una historia. ¿Qué representa la escritura y la poesía en tu caso?- B.Z: Hay un espacio posible para «Aspas» y es Híbrida, porque siento que la editorial justamente define que el libro reúna poemas que pueden leerse como una novela. Y también me resulta muy alentador para escribir, pensar en las posibilidades inatrapables del lenguaje, es decir no hay límites en los géneros. Si ya todo está dicho y nadie es el Adán de la lengua, la propuesta es cómo desde mi registro hago algo que me identifique y que a su vez sea innovador, aunque no lo logre, que en la escritura esté inherente lo creativo, el intento creativo, porque siempre escribir es crear. Y la poesía es el lugar más ancho y profundo para mirarse en el poema, propio o ajeno. Cuando escribo hay una disposición del cuerpo hacia lo desconocido, pero es una mentira, porque en mi escritura solo va lo que percibí como real: mi madre, mi hermana, mis hijas, mis sobrinas, mi abuela. Las mujeres que representan la lengua inaugurada y heredada. Y los silencios siempre más masculinos, asociados al padre fundamentalmente pero a todo lo que por callarse va muriendo. Foto: Hernan Saravia – T: La naturaleza está implicada como espejo de algunos sentimientos, y otras veces, como metáfora. ¿Qué te permite la naturaleza en simbiosis con las vivencias?- B.Z: Soy entrerriana y crecí en un pueblo. Para mí es necesario mantenerme cerca de ese sonido, el de lo áspero de las malezas, el alarido alegre, la estática de las siestas. En mi ciudad, Viale, no hay colectivos de línea porque todo queda a poca distancia, lo urbano nunca deja de tener contacto con el campo. Hace diez años que vivo en Paraná y siempre tuve familiares acá, por ende también adquirí una mirada más extrañada de la entonación y los giros lingüísticos del pueblo. Entonces yo no podría escribir si no es con toda esa vida tan involucrada en la naturaleza, el paisaje es un recurso que conozco, lo artificial sería despegarme y hablar de subtes, cuando yo puedo contar las veces que tomé uno. Para mí escribir dejando que se meta el monte, es la forma más honesta que asume mi voz.- T:En la figura de la madre aparece el afecto más profundo, como dadora de alimento, sostén del grupo familiar y aquejada por la enfermedad. En tanto el padre, aparece como una figura en descomposición. ¿A raíz de qué surge esa lectura?- B.Z: Esa lectura que vos hacés tiene una referencia autobiográfica: mi mamá no ha dejado de hablarme un solo día de mi vida, en cambio mi padre es un vacío profundo para mí. No porque no tenga vínculo, sino porque siempre fue callado, se involucró de la manera que pudo y eso incluyó más que nada el silencio. Soy la quinta hija y para mí ellos siempre fueron grandes, entonces los miro a través de mis cuarenta años y entiendo que seré «vieja» en menos tiempo para mi hija menor que para la mayor con quien siempre nos preguntaron si éramos hermanas. Otra vez, la lectura de la vida se transparenta en preguntas en la escritura y en la búsqueda por entender y sanar las heridas, no abrirlas, pero tampoco dejarlas muteadas.- T:En algunos poemas, la infancia aparece amenazada. Por momentos también se evidencia un temor a la pérdida. «La cola del barrilete es larga y se mueve como una yarará que pica el cielo», dice el poema que habla de dos amigos cuya madre se ha suicidado. Ese clima abarca todo el libro. ¿Responde a tu visión de ese momento de la vida?- B.Z: La infancia idealizada con solo momentos felices, para mí, es una gran mentira que tampoco me resultó nunca una experiencia basada en la realidad de nadie. En mi caso me hablaron (las mujeres) siempre con franqueza. Yo supe a mis seis años que un tipo quería violarme, gracias a ellas, y tuve la fortuna de que sea un intento, pero lo registré porque conocía los peligros que corre el cuerpo de la mujer. Eso es tremendo porque se inocula un temor pero a su vez reconozco la palabra como una salvación posible. Después pienso que hasta en los diálogos con amigxs de la misma edad en la infancia la crueldad es inocente, lxs chicxs -esto lo vivencio en la docencia que ejerzo desde hace dieciocho años y en las conversaciones con mi hija- dicen las cosas sin vueltas, son más directos y auténticos, nosotrxs de adultxs matizamos para que nuestrxs padres/hijxs no crean que estamos siendo hirientes. Pero los recursos en la poesía son los mismos que en la vida, «Aspas» busca nombrar desde la niña, creo, pero sobre todo desde la insistencia de no saber nada pese a lo vivido.

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